| Al terminar la segunda película apagué
la luz, y contra el respaldo del asiento delantero plegué
la mesilla en la que se apilaban dos revistas y la novela que
estuve leyendo casi desde que el avión tomó pista
de despegue.
Tapado con el cobertor de lana hasta la mitad del pecho, Alberto,
mi marido, dormía como un tronco en el asiento contiguo
a mi derecha y su profunda respiración era tranquila. Él,
que casi no probaba el alcohol salvo en alguna fiesta o en ocasiones
especiales, se había bebido entera la botellita de vino
tinto a la hora de la cena que ni siquiera tocó. Además
se había tomado dos whiskys dobles en el aeropuerto para
atemperar el nerviosismo y mal humor que le producían los
vuelos largos, y así conciliar el sueño durante
toda la noche, sin que le importaran las turbulencias o las 12
horas de aquel viaje claustrofóbico sentado en los asientos
centrales de la última fila del avión repleto de
pasajeros.
A su otro lado, una bella española, andaluza y trigueña
de labios carnosos y ojos color miel, también dormitaba
cubierta con la ligera frazada hasta los hombros. La vi cuando
tomó asiento, alisando su minifalda color marfil que descubría
unas piernas espléndidas y se ajustaba al relieve prominente
de su trasero.
Alberto había estado charlando animadamente con ella durante
la primera hora del vuelo, e incluso intercambiaron sus respectivas
tarjetas de presentación. Se llamaba Fabiola, nos dijo,
y era antropóloga. Ella iba también de vacaciones
y se hospedaría en el mismo hotel que nosotros, donde ya
la aguardaba su pareja. En la semi penumbra de la cabina, resplandecía
serenamente el hermoso perfil de la mujer y sus labios tarareaban
en silencio la música que llenaba sus oídos.
A mi izquierda viajaba un caballero de aspecto oriental, quizá
japonés o malayo de ojos almendrados y edad indefinida
como todos los seres de su raza, con el que apenas intercambié
algunas frases de cortesía en mal inglés, cuando
cenábamos. Sus modales eran elegantes, casi solemnes, y
su rostro hierático e imperturbable.
El también había estado leyendo un libro escrito
en un idioma para mi indescifrable. El avión parecía
estar suspendido silenciosamente en medio de la noche que se agolpaba
en las ventanillas lejanas a nuestros asientos, a mitad de un
océano que kilómetros abajo era una masa oscura,
inmóvil como la sombra que nos circundaba y de vez en cuando
daba unos breves saltos que me hacían estremecer.
Recliné mi asiento, me envolví en la manta hasta
el cuello y apoyé la cabeza sobre el amplio pecho de Alberto.
Aprovechando que bajo su cobertor él llevaba el cinturón
y el pantalón desabrochados para descansar más cómodo,
le bajé la cremallera y abracé su miembro en reposo
con mi mano. En mis auriculares Sting, María Bethania y
George Michael se alternaban para cantar en voz baja y me arrullaban.
Aunque casi nunca he podido conciliar el sueño en los aviones,
traté de dormir. Nos esperaban diez días de vacaciones
en las soleadas islas del sur a las que viajábamos por
primera vez, y quería estar fresca y despejada para disfrutar
del reposo en compañía de mi marido.
La sola idea de saber que unas horas más tarde estaríamos
los dos desnudos tendidos en la arena me producía un efecto
de sensualidad y tibia placidez.
Comencé a tener pensamientos eróticos recordando
la forma en que habíamos hecho el amor durante toda una
tarde no lejana, a la orilla del mar turquesa de Playa del Carmen.
Nuestros cuerpos dorados y resbalosos debido al bronceador, se
deslizaban uno sobre otro como dos delfines en rumorosa libertad,
lejos de todo apresuramiento y aislados del formalismo citadino.
Aquella vez lo cabalgué como enardecida amazona sobre las
blancas arenas solitarias, mirando al sol que se mecía
tras el oleaje cristalino. El viento, salobre y denso, humedecía
mi frente y mis cabellos; tendido boca arriba y desde atrás,
Alberto se aferraba amorosamente a mis caderas y a mis senos,
pellizcándome los pezones, besándome los hombros
y el cuello transpirados. Yo a la vez me acariciaba oprimiendo
en círculos y con suavidad sus huevos contra mi clítoris
eréctil, entregando a la luz todo mi cuerpo.
Esa tarde me vine varias veces mientras él se esforzaba
en contener su propio orgasmo, y en esa posición acuclillada
saqué su polla de su cálido recinto para franquearle
la entrada en mi culo aceitado. Abierto, el cielo se incendiaba
de violetas y naranjas y nosotros sumábamos nuestros gritos
y gemidos al ronco vaivén de la marea. Además de
nuestra amiga Amarilis, solamente yo era capaz de engullir enteramente
su enorme largura y grosor entre las nalgas, y de disfrutar de
sus briosas y dulces embestidas como loca.
Suavemente comencé a humedecerme bajo el reflujo de aquella
evocación y extendí las piernas para sentir cómo
se hinchaban poco a poco mi clítoris y mis labios.
Me saqué discretamente la tanga sin levantarme y sin moverme
apenas de mi asiento, y aferrada al pene de Alberto me sumergí
en las imágenes de aquella tarde, concentrándome
en las sensaciones voluptuosas que inundaban mi cuerpo.
Recordé también que al regresar de la playa ese
mismo día salimos a bailar a una ruidosa discoteca, y que
luego fuimos al hotel para hacer el amor en compañía
de Amarilis y de José, su esposo. Ella quería ser
penetrada por primera vez por cada orificio de forma simultánea,
y después de acariciarnos y besarnos rodando las dos en
un larguísimo 69, se montó de un solo golpe y hasta
la empuñadura sobre la verga magnífica de Alberto.
José se hincó tras ella luego de lubricar su ano
y empujó cuidadosamente su verga que yo me había
encargado de ensalivar profusamente. Debido a las sinuosas contorsiones
de mi amiga y por error de milímetros, la polla resbaló
al interior de la ensortijada y pelirroja vagina de Amarilis que
ya estaba ocupada por el miembro de mi marido.
Fue así como nuestros dos hombres llegaron al fondo de
su vulva mientras ella gemía de delectación y de
dolor. Yo lengüeteaba y succionaba el par de huevos que entrechocaban
en los umbrales de su ensanchada abertura, contemplando las dos
vergas apretadas una contra otra, entrando y saliendo, deslizándose
rítmicamente en el interior de su vellosa carnosidad dispuesta
al placer, hasta que Juan retomó su camino y la enculó
paciente pero salvajemente hasta los pelos. A horcajadas, me senté
sobre la cara de mi marido para que éste me devorara al
tiempo que Amarilis mordisqueaba jadeante y sudorosa mis senos,
mis orejas y mi cuello. Luego las dos cambiamos de sitio sin dejar
de besarnos. El avión avanzaba en medio de la negrura que
es la nada, y las frescas imágenes de pasión que
se agolpaban y sucedían en mi memoria me hacían
sonreír gozosa y me provocaban escalofríos anhelantes.
Me estreché más al cuerpo de mi esposo.
Aquellos vívidos recuerdos del fin de semana en Playa
del Carmen me calentaban tanto como los momentos de deleite que
los crearon y que compartía con Alberto. De pronto, entre
la ensoñación y la vigilia sentí un roce
tibio sobre mi Monte de Venus. Era la mano de mi vecino oriental
y no la mía, la que se había posado sobre mi entrepierna.
Mi primer impulso fue el de apretar los muslos ante la turbadora
intrusión del extraño, arrojar su mano lejos de
mi, incorporarme y reclamarle escandalizada por ese absurdo atrevimiento.
Pero alguna incomprensible razón me impidió hacerlo.
Pensé que tal vez había advertido que me había
quitado la tanga, y que aquello lo había interpretado como
una invitación a acariciarme.
Con cierto temor, tal vez avergonzada y ciertamente curiosa y
excitada, cerré los ojos y dejé que me tocara aquel
desconocido a quien no habría de volver a ver después
de esa noche. Permití que su palma reposara su dulce peso
y calor sobre mi pelvis, y que minutos más tarde desabrochara
cada botón de mi vestido camisero hasta dejarme semi desnuda
bajo la frazada. Sin estorbos, su mano se dio a la tarea de deslizarse,
lenta y sabiamente, de arriba a abajo, reconociendo la geografía
de mi piel desde la doble protuberancia de mis senos hasta mis
ingles, desde el anillo de plata de mi ombligo hasta mis muslos.
Al cabo de un largo rato, la mano del intruso se posó
semejante a un pájaro de fuego en mi vagina ya empapada.
Yo estaba petrificada por la excitación y por el miedo.
Jamás una persona extraña me había tocado
sin que yo lo desease y consintiera, y sin que Alberto también
estuviera de acuerdo. Además de vez en cuando algún
pasajero transitaba por los pasillos hacia los baños, aunque
nadie, y en esas condiciones mi esposo mucho menos, podía
advertir que bajo mi frazada descansara entremetida la mano tan
cálida de mi compañero de la izquierda. Volví
el rostro y lo miré de reojo: cubierto también con
la manta hasta el cuello, el hombre permanecía con los
ojos cerrados detrás de sus anteojos redondos, con la cabeza
hacia el frente, inmóvil como estatua de un emperador de
un reino magnífico.
Sus dedos, ajenos tal vez a su voluntad y a la mía, palpaban
con cuidado aunque seguros, un territorio propio, antiguamente
y de sobra conocido. Sus dedos eran largos y llenos de misterio.
Con las uñas rozaba apenas mi clítoris, sumergía
una yema en la humedad apretada de mi sexo y retornaba al exterior
para rascar ligeramente la orilla de mis labios, lubricándome
con el jugo que manaba en abundancia. Recibí la sabiduría
ancestral de aquellas caricias que desde algún país
desconocido y remoto en el tiempo y el espacio iban encendiendo
la claridad de mi deseo. Más relajada y dispuesta a regalarme
a mi misma esa experiencia volví a reclinar mi cabeza sobre
el pecho de mi marido.
La tersa y hábil mano se detenía cuando percibía
un mínimo movimiento de mis caderas que instintivamente
empezaban a menearse y entendí el mensaje. Bajo la manta
de lana, él haría suave y cadencioso aquel masaje,
imperceptible para todos los pasajeros que dormían, incluyendo
a Alberto, y yo no debía moverme, tan sólo concentrarme
en su disfrute pleno.
Así es que contuve cualquier empuje pélvico y solamente
abrí un poco más las piernas para dejar pasivamente
que sus dedos continuaran crepitando en su deliciosa travesía.
Flexioné una rodilla para sentarme encima de mi pie, y
por mi tobillo empezaron a descender los primeros hilos de mi
lubricación. Con lentos movimientos los dedos abrían
y cerraban mi sexo, entraban un poco y salían para patinar
unos segundos sobre el clítoris; luego presionaba su palma
entera contra mi pubis mientras uno de sus dedos exploraba dulcemente
mi ano que había dilatado su estrechez, y volvía
a extraerlo para dar masaje a la entrada de mi vulva.
Penetraba y oprimía lo necesario para hacerme ansiar más
profundamente la duplicada intrusión de sus caricias, repitiendo
sin pausa ni prisa los mismos pasos una y otra vez, exasperándome
casi, palpando en zigzag de abajo a arriba con delicadeza y con
pleno conocimiento de los puntos donde el placer se incrementaba
hasta hacerse realmente insoportable. Aquella mano tenía
la masculina rugosidad del terciopelo.
Me acariciaba como si mi vulva fuera un dócil animal ajeno
al resto de mi cuerpo, un gato montés domesticado, un conejo
urgido de su fuerza y su fineza. Nadie, a excepción de
Blanca o Amarilis quizá, que sabían sostenerme con
la punta de su lengua en la cúspide de la excitación
sin dejarme precipitar en la vorágine del goce, me había
tocado con tal refinamiento, aunque aquel no era el momento de
establecer comparaciones.
Como si doblaran secretos origamis, los dedos descendían
desde el clítoris hasta el derredor del ano, entraban una
y otra vez de forma breve, para aquietarse sin hacerme traspasar
los linderos del orgasmo. Luego de mucho tiempo, el hombre retiró
la mano y lo vi inclinarse para sacar de su maletín colocado
bajo el asiento delante del suyo una lata redonda y plana, cuyo
destello añil metálico creí reconocer entre
las sombras. La abrió y metió en ella sus dedos
y la volvió a cerrar. Debajo de la frazada su mano regresó
al selvático rumor de mi entrepierna. El ungüento
con el que él había lubricado sus dedos me produjo
inmediatamente un intenso calor que trepó hasta mis mejillas
y me hizo percibir con nitidez las aceleradas palpitaciones de
mi sexo.
Aquella era una pócima extraordinaria cuya atávica
composición incrementaba el fuego de un untuoso placer
que me encendía, haciendo resbalar una vez más sus
dedos por encima y a través de los suaves caminos por donde
sus yemas se habían abierto paso con facilidad, arrastrándose
sin premura y alternativamente. Me mordí los labios y contuve
la respiración para no gemir, y apreté la verga
de Alberto cuando me sobrevino el primero de los orgasmos que
la experimentada mano de mi compañero de viaje me obsequiaba.
El goce de sus caricias era multiplicado por la intensa calidez
de aquella fórmula cremosa que a partir de la raíz
profunda y oculta entre mis nalgas se iba ramificando, para crecer
por todos los poros de mi cuerpo y enardecer a su máxima
pureza mis sentidos en flor. Mi sexo hinchado estaba extremadamente
sensible a la sofisticación de su tacto y él lo
supo de inmediato. Dejó nuevamente quieta su mano sobre
mi pubis, con un dedo inserto en los latidos de mi sexo y otro
dentro del relajado anillo del culo, como si sus falanges fuesen
dos anzuelos que saborearan mis involuntarias contracciones, prolongando
en mi agonía la sensación de su abrasadora destreza
manual.
En silencio, con los músculos tensos, me comencé
a correr nuevamente, empapada en sudor de la frente a los tobillos.
Sentía estar ya fuera de mi, presa de mi deseo y a merced
de la sapiencia de aquella mano que, aunque estuviese inmóvil,
hacía que mi piel se erizara de pies a cabeza. El hombre
interrumpió su dulce recorrido en el momento en que mis
caderas empezaron a empujar ansiando más, pidiendo que
los dedos engarzados en mi cuerpo entraran más a fondo
y sin contemplaciones. La verga de Alberto se había endurecido
por los apretones que yo había estado dándole cada
vez que sentía sobrevenir un nuevo destello del éxtasis
y había crecido hasta volverse tensa, lista para mis labios
que buscaron con ansia su cabeza, y la introduje en mi boca. Empecé
a succionarla al tiempo que la mano del extraño se movía
de nuevo y hechizándome me llevaba a la cima de otro orgasmo.
Mi esposo seguía sumido en el sueño más
hondo sin percatarse del estado al que me había conducido
la maestría de mi diestro compañero de viaje, ni
de que mi mano y mi lengua envolvían las oscuras palpitaciones
de su miembro, paladeando su enhiesta textura, mamando su progresivo
grosor y gusto a dátil.
Fue entonces cuando sentí la mirada de la vecina de asiento
de Alberto, y levanté ligeramente la cabeza para buscar
su mirada. Sus ojos agrandados tenían una mezcla de delirio
y estupefacción por la escena que observaban, pero sus
labios esbozaban una leve y cómplice sonrisa. Sabiéndome
mirada sin cortapisas en mi deliciosa tarea y sin importarme ya
que se hubiese deslizado de su sitio la manta de mi marido, regresé
golosa sobre el miembro de Alberto. Al comenzar a lamerlo otra
vez, aún viniéndome, advertí que bajo el
cobertor de Fabiola se movían sus manos nerviosas. Sin
dejar de chupar y envuelta en el oleaje del prolongado orgasmo,
estiré mi brazo bajo la manta de la española donde
encontré su propia mano. Ella se acariciaba con rapidez
mirando el espectáculo de la verga de mi marido entre mis
labios. Sin decirle nada, aparté suavemente su mano de
su sitio, y puse la mía encima de la sedosidad depilada
de su pubis. No tenía ropa interior y mis dedos hallaron
de inmediato su clítoris tan erecto como el mío.
Metí un dedo en aquella cueva mojada y empecé a
masturbarla con la misma ternura que el oriental me acariciaba
desde hacía no sé cuántas horas. Los dedos
de Fabiola se disolvieron entre los cabellos revueltos de mi nuca,
empujándome hacia abajo para que mi garganta se llenara
de la polla de Alberto hasta los huevos resbaladizos, e imprimió
un ritmo cadencioso a mi mamada. Me quité un instante para
lamer la base del miembro de mi marido, y ella se inclinó
para absorber la hinchadísima cabeza que mi otra mano le
brindaba. Alberto continuaba dormido, respirando pesadamente.
Introduje otro de mis dedos entre los blandos pliegues de la chica,
y di un suculento masaje a su clítoris inflamado. A lo
largo de media hora que me pareció eterna, mi boca se unió
a la suya, besándonos en torno a la punta de la verga de
mi marido, hasta que eyaculó un primer chorro espeso que
recogimos las dos con las ávidas lenguas, absorbiendo después
los que vinieron y el sabroso miembro volvió, seco por
nuestras bocas, a su estado normal sin achicarse. Ella se echó
para atrás contra el respaldo de su asiento y separando
aún más las piernas apretó mi mano con las
suyas cuando sintió llegar un orgasmo explosivo, al tiempo
de que los cálidos dedos del extraño me conducían
en vilo hacia la cumbre de otro orgasmo, éste más
suave que los anteriores pero también más alto y
ensanchado. Después que el oriental retiró su mano
yo dejé chapotear mis dedos en la caliente lubricación
que derramaba el sexo mullido de Fabiola, hasta que encendieron
la luces de la cabina y entonces tuve que incorporarme con prontitud
para cubrir a Alberto y recobrar la compostura antes que las azafatas
empezaran a desfilar por los pasillos llevando y trayendo bandejas
con agua, café y jugos de fruta. Desde el hombro de mi
marido le sonreí a Fabiola y ella se acercó para
besar mis mejillas brevemente y decirme al oído, suspirando:
--Eres maravillosa y quiero follar contigo en cuanto nos instalemos
en el hotel. Voy a hacer que me alojen en un cuarto junto al vuestro--
añadió sonriendo en medio del resuello. Su cabello
olía a hierbas silvestres y su aliento conservaba el inconfundible
sabor de Alberto. La maravillosa eres tú-- le regresé
el piropo y fui sincera al decírselo. Yo no me atrevía
a volver el rostro hacia el vecino de asiento que me había
proporcionado aquellas horas majestuosas en la privilegiada sombra
del vuelo. Mi marido despertó minutos después del
aterrizaje. Alberto esperaba impaciente a que salieran nuestras
maletas en la banda transportadora cuando vi a lo lejos a mi compañero
de viaje frente a la ventanilla del cambio de divisas. Aproveché
para acercármele por la espalda al momento que el cajero
le daba monedas y billetes. Quería expresarle mi gratitud
por aquellas intensas e infinitas horas de placer que me había
prodigado entre la oscuridad nocturna. El también me miró,
hermético y contenido, sin traslucir emoción de
ningún tipo. Thanke you --le dije con la más amplia
de mis sonrisas, satisfecha. De nada, señora --me respondió
inmutable en perfecto español y con marcado acento norteño--,
el placer ha sido mío. Aquel hombre de pulcro aspecto oriental
a quien debía tantos y tan magníficos orgasmos era
tan mexicano como yo. Xicoténcatl Terreros Pérezluna,
traductor del árabe y el hebreo, catedrático de
griego y latín en una universidad chihahuense, rezaba la
tarjeta de presentación que me dio junto con la pequeña
lata envuelta en mi tanga todavía húmeda. De inmediato
las guardé en mi bolso de mano. Consérvela en memoria
de este viaje --me dijo-- a usted yo la recordaré de hoy
en adelante para siempre. Sorprendida y sin responderle o darle
las gracias en nuestro idioma común, regresé rápidamente
con Alberto que ya había recuperado el equipaje y el sentido
del humor, y salimos del aeropuerto. En el taxi camino al hotel,
me sobrevino otro orgasmo, sin aviso previo, sin estímulo
de ninguna especie. El ungüento seguía haciendo su
efecto y abrí la ventana con el propósito meter
el rostro entre las húmedas ráfagas del día,
al tiempo que hacía esfuerzos para que no se notaran mis
jadeos. Aspiré a bocanadas el viento del verano austral.
Luego de haberme bañado en el jacuzzi con abundante espuma
y de recobrar nuevamente la frescura, y mientras Alberto entraba
a tomar una ducha que le devolviera la plenitud de su conciencia,
salí al balcón del cuarto del hotel para que el
aire secara mi piel y llenara de yodo mis pulmones. Aún
me palpitaban, abultados, los labios inferiores. Ahí, frente
al mar y a cielo abierto abrí el bolso y saqué la
lata azul metálico de su envoltorio de satín y encaje.
Para mi asombro, la pequeña lata era similar a la que yo
llevaba en mi equipaje, dentro del maletín donde guardaba
los bronceadores, el perfume, las cremas y un par de vibradores.
Era la misma crema humectante que utilizo desde la adolescencia
para quitarme el maquillaje que ocasionalmente aplico sobre mis
pestañas y párpados. No tenía nada de mágica
o de ancestral como supuse, o como mi imaginación desbordada
me hizo creer, cuando la mano de mi hábil y sigiloso vecino
de asiento me la aplicó para incendiarme larga y sostenidamente
hasta el arrebato de mis sentidos. No sabía si reír
de mi fantástica ingenuidad o realmente tomar conciencia
de que aquellos placeres sensacionales se debían a una
simple y sencilla crema limpiadora del cutis, y que la mano prodigiosa
que me había transportado en un tumultuoso viaje hacia
mis laberintos interiores era realmente poseedora de una sapiencia
milenaria, una sabiduría acumulada por los siglos en los
que los seres humanos hemos sido capaces de reconocernos en el
deseo del otro y en la entrega sin ambages o acondicionamientos.
Desnuda en la terraza de un hotel desconocido, de cara un océano
luminoso que me abría sus íntimos secretos y me
envolvía de brisa y alegría, solté una incontenible
risotada. Me sentí feliz por aquel instante, más
mágico aún que los que se desgranaron durante el
viaje. Desde el balcón adosado al de nuestra habitación
escuché una voz agradable y cristalina--: Hola, ¿de
qué ríes, qué te ha hecho tanta gracia? Quien
me hacía la pregunta era Fabiola, la hermosa española,
desnuda de la cintura para arriba, vestida únicamente con
un pareo transparente anudado en la cadera y mostrando sus pechos
espléndidos, coronados por dos grandes y sonrosados óvalos,
al sol del mediodía. Tras ella, abrazándola cariñosa
por los hombros, su pareja también desnuda y mojada como
yo, me sonreía intrigada. Seguramente Fabiola ya le habría
contado acerca de la manera en que ella y yo nos habíamos
conocido durante el vuelo. Se llamaba Rubí y el cabello
dorado le caía hasta la cintura sensual de su cuerpo brasileño.
Ella oprimía sus senos tiernamente a la espalda brillante
y aceitada de mi nueva amiga. Me río de la vida y con la
vida, por el placer de saberme llena de sorpresas y de energía
--respondí acercándome a ellas para abrazarlas y
besarlas por encima de la barandilla de poca altura que nos separaba--,
y les di la lata que contenía la crema milagrosa. Tendríamos
diez días para compartir aquel regalo que de mi mano, o
de la mano feliz del azar o la fortuna, nos llegó del cielo.
Al unir la humedad de nuestras lenguas, súbitamente sentí
ascender, vigoroso y expansivo, el suntuoso temblor de un nuevo
orgasmo
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