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Habíamos estudiado toda la carrera
juntos y siempre me había llamado la atención. Se llamaba Beatriz,
su pelo era castaño claro, largo, prácticamente hasta la cintura;
de cara, no era demasiado guapa, aunque sí tenía algo atrayente.
Sin embargo, su auténtica gracia estaba en su cuerpo, curvas prominentes
y unas medidas casi perfectas.
Habíamos acabado la carrera en Junio
y, ahora, a la vuelta del verano, todos los amigos quedamos en
un bar que algunos frecuentaban habitualmente. Yo llegué de los
últimos. Allí estaban muchas de las caras vistas durante la carrera.
Bebimos y reímos sin parar durante mucho rato, recordando viejos
tiempos y soñando acerca de nuestro futuro como ejecutivos de
marketing. Beatriz y Carlos, su novio, estaban muy bebidos. Ella
sobaba a todo el que se le acercaba. Yo estuve hablando con ellos
un rato y me hizo un repaso por la pierna desde el muslo hasta
la rodilla durante más de 15 minutos. Su mano rozándome me había
puesto como una moto.
Cuando estaba completamente cachondo
y, por qué no decirlo, algo contento por el alcohol que corría
por mis venas, me decidí a acercarla más a mi cuerpo. La agarré
por la cintura y la pegué a mi cuerpo. Ella seguía con su mano
en el interior de mi pierna y yo la tenía cogida por la cintura.
Hablamos de muchas cosas, del futuro, de su novio (con el cual
estaba muy enfadada), del sexo... Lentamente, fui bajando mi mano
hasta el lado izquierdo de la parte posterior de su pantalón,
cuando llegué allí lo apreté ligeramente; en ese momento, ella
dejó de hablar, me miró fijamente, luego me sonrió y me besó en
la mejilla. Estábamos apoyados a la pared y, como nadie nos podía
ver, seguí con la mano donde estaba, de vez en cuando la metía
por debajo de la camisa sintiendo su suave y cálida piel.
Cuando ya estaba como una moto, le
propuse que bajáramos a los lavabos. Ella me sonrió y me dijo:
"¿Qué coño quieres que haga con mi novio?". "Tú
decides", contesté, al tiempo que me fui andando. Cuando
estaba a punto de comenzar a bajar la escalera, vi cómo me seguía.
Los dos lavabos estaban ocupados, así que nos metimos en un pequeño
almacén donde guardan las bebidas, pasamos el cerrojo por dentro
y comenzamos a besarnos. Nuestras manos recorrían nuestros cuerpos
ansiosas de sexo. Le fui desabrochando los botones de la camisa
hasta quitársela, quedándose tan sólo con el vaquero y el sujetador.
Mis manos contorneaban sus senos y se introducían por debajo del
sujetador para juguetear y pellizcar sus pezones. Finalmente,
le desenganché el sujetador y dejé su senos libres al viento,
metí cabeza entre ellos y se los chupé y mordisqueé sin parar.
Mientras tanto, ella desabrochó mi pantalón y bajó un poco mi
slip para permitir que mi poderoso atributo saliera a la luz.
Ella se separó de mi y me preguntó: "¿Por dónde quieres seguir?".
Le dije que me gustaría empezar por una cubana.
Me quité el pantalón y la tumbé encima
de unas cajas, puse mi miembro entre sus pechos y, mientras ella
me agarraba por la cintura, yo me movía hacia delante y hacia
atrás al tiempo que presionaba sus pechos contra mi pene. Me corrí
encima de sus tetas y ella recogió el semen con la mano y se lo
fue introduciendo en la boca. Después se agachó y se metió mi
polla en la boca para reanimarla como una auténtica profesional.
Fue succionando desde las pelotas hasta la punta del capullo para
ponerme de nuevo a tono. Cuando hube recuperado el tono la levanté
y le quité el pantalón. Desnudos nuestros cuerpos, ella se dio
la vuelta y comenzamos a frotarnos, mi pecho contra su espalda.
Mientras, mi mano se introducía en su sexo y sus manos me intentaban
hacer una paja en difícil posición. En un momento dado, la incliné
sobre unas cajas, abrí ligeramente sus piernas y le dije: "¡Quiero
metértela por detrás". "No", dijo ella. Sin embargo,
no la solté, abrí sus nalgas ligeramente con una mano mientras
la sujetaba con el cuerpo y la otra mano para que no escapara
y, delicadamente, se la comencé a introducir al tiempo que le
susurraba: "Ves como no duele". Mis manos se colocaron
en sus pechos y los acariciaba al tiempo que le lanzaba embestidas
a cada cual más violenta. Ella gritaba: "Ahh, Ahhh..., sigue,
no pares, reviéntame el culo, jódeme bien". Por fin me corrí
en su culo. Había deseado ese culo durante cinco años de carrera
y la última vez que probablemente la iba a ver lo había conseguido.
Tras más de 45 minutos desaparecidos subimos a la fiesta. Como
recuerdo, le pedí que me diera el sujetador. Ella aceptó y lo
guardé.
Subimos arriba. Carlos le preguntó
dónde había estado. Estaba completamente borracho y no se enteraba
de nada. Le dijo a Bea que le llevara a casa. Como estaba un poco
borracha, me pidió que les llevara yo (la verdad es que tras el
polvo del siglo todo se me había pasado). Dejamos allí su coche
y fuimos hacía al mío. Montamos a Carlos detrás y Bea se puso
en el del copiloto. Carlos le dijo a Bea que se quedara a dormir
en su casa, que estaba solo. Ella me miró y dijo en voz baja:
"¿Subes?". Miré por el retrovisor, vi cómo Carlos ya
se había quedado dormido, y contesté "Sí, pero me la chupas
antes de llegar". Bea miró a Carlos, completamente borracho,
me desabrochó el pantalón y comenzó a comerme de nuevo el nabo.
Poco antes de llegar, me estaba corriendo en su boca, con su novio
en el asiento de atrás de mi coche. Aparcamos en el garaje y le
subimos entre los dos.
Una vez en su casa, le llevamos a
la habitación principal. La cama de sus padres era enorme. Le
sugerí a Bea follar en esa cama, dejando a Carlos tumbado al lado.
Le desnudamos y le dejamos colocado en un lado. Bea dijo que le
molaría que la diera por detrás otra vez mientras se la chupaba
a Carlos. Antes de empezar me dijo que nunca lo había hecho en
esa habitación y que le daba mucho morbo. La comencé a embestir
de nuevo y ella se la comía a él que, por cierto, seguía sin enterarse
de nada. Ella tenía tal control que consiguió que se corriera
al tiempo que yo me vaciaba dentro de ella. Al acabar, me insinuó
que si me quedaban fuerzas porque lo que a ella más le molaba
era cabalgar encima de mi. Con su increíble maestría bucal, realzó
de nuevo mi polla y se la ensartó como si de una espada se tratase.
Yo le sobaba las tetas, que rebotaban a cada salto que daba sobre
mí, hasta que por fin me volví a correr y caí rendido.
Como buenamente pude, me vestí y
me fui a mi casa a descansar. Desde entonces, Bea y yo nos hemos
visto más veces, siempre probando cosas nuevas y situaciones divertidas.
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